Mirando a un punto fijo

No creo que sea el único que, sin darse cuenta, se queda mirando a un punto fijo durante un lapso de tiempo. A veces, ese lapso puede ser efímero y otras eterno. De hecho, llevo unos 5 años mirando a ese punto. Punto por no decir carencia y carencia por no decir abuela. 


Voy para mayor, lo sé, por eso de que ahora miro las cosas que faltan además de las que tengo, por ejemplo, los momentos que podrían haber sucedido con ella durante los 5 años que lleva faltando en casa. Le tengo envidia sana al niño que fui, y al niño que veo en los más pequeños de mi familia, el niño que veo en mis alumnos, o en los niños que observo por la calle disfrutando con sus regalos de Reyes. 


Envidia por eso de no pensar en las cosas que faltan, solo en el momento presente. Pero, cuando te haces mayor, empiezas a comprender que las mejores cosas no son cosas, que son personas, momentos, casualidades, experiencias, viajes, risas… y que, por desgracia, son efímeras. Se esfuman de tu vida, y si no lo has valorado, no vas a poder hacerlo ahora.



Cuando miras a un punto fijo, las personas te hacen aspavientos delante de tu campo de visión  para que salgas de ese "trance", pero no me hace falta mirar a un punto fijo para verte, aquí, cerquita de nosotros, y eso lo pueden hacer pocas personas. 


Hoy, día de Reyes, he pensado en ti ¡cómo no! (me sale una sonrisa) porque nuestras Navidades sin ti no son iguales. Podrías ser lo que le pido a los Reyes cada año, pasen los años que pasen, ya sean cincuenta, sesenta, setenta... años. 


No importa los años que pasen, cuando un recuerdo es fuerte y de corazón, no hay viento que se lo lleve. 


Y tú, has dejado huella. 


  


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